sábado, 31 de mayo de 2008

Fathia

Cuando, al finalizar el día, entramos en aquella aldea polvorienta yo todavía no conocía a Halim y no sabía que iba a morir. Mis hombres estaban agotados y en el horizonte tronaba la guerra. Las ordenes que habían llegado de Jerusalén, como siempre, eran confusas y, aunque luego se negó una y mil veces, los blindados sirios habían entrado en combate. Todavía quedaba un montón de trabajo por hacer: deberíamos reconocer el terreno, buscar un lugar apto para asentar la base, marcar los recorridos de las patrullas, asignar los puestos de guardia, contactar la inteligencia local, montar, armar, subir, bajar... El descanso aparecía como inalcanzable, pero al fin, llegó.

Me despertó el silencio, la luz de la mañana entraba por el hueco de lo que, alguna vez, fue una ventana. Me levanté lentamente, tenía el cuerpo dolorido, la cabeza embotada y necesitaba desesperadamente una taza de café. Mi segundo, Arik, estaba parado en la puerta y a trasluz sólo pude percibir su silueta. Cuando escuchó que me levantaba se acercó a mi y con su tono pausado me dijo: -Descansá, el lugar está tranquilo.

No le contesté, me acerqué a la cafetera y me serví un poco en mi taza, no muy limpia, de aluminio. Estaba inquieto y no iba a dejar de estarlo. Arik lo sabía. Los sucesivos combates y las ordenes contradictorias nos habían arrastrado a un lugar que no conocía y que, durante la noche, no había podido ubicar claramente en le mapa.

--Arik ¿dónde está Ran? –pregunté--. Mandalo llamar, quiero inspeccionar el lugar yo personalmente.

--Te digo que todo está bien --me contestó--. Yo recién acabo de volver y, por ahora, todo se ve bien.

--Cuando salga --dije ignorando su comentario-- llama al 22 44, hablá con Hoffi de inteligencia y que te diga qué nos puede decir sobre este lugar. Luego llamá a Riff, que debe estar como loco, y pedile instrucciones.

--Nunca vas a cambiar --sentenció Arik mientras se dirigía a cumplir mis órdenes.

Al rato llegó Ran, mi chofer, con un par de soldados en el Jeep y un carro de combate con tropa de custodia. Me acerqué a ellos, saludando me senté a su lado y di la orden de partir.

La aldea, compuesta por un puñado de casitas bajas, estaba habitada por gente pacífica ocupada en sus tareas cotidianas. Los viejos nos miraban sin expresión, sentados en los bares fumando sus narguilas y los chicos, se maravillaban de nuestros pertrechos imaginándose a si mismos viviendo con ellos aventuras que, luego, sólo iban a desear olvidarse por el resto de sus vidas. Un par de escuelas, el ayuntamiento, el dispensario y la comisaría formaban parte del exiguo patrimonio edilicio del lugar. El sonido de las radios denunciaba la posición de nuestros hombres que, en lo posible a la sombra, hacían sus guardias.

--¿Qué pasó con Hoffi? --Le pregunté a Arik cuando volví--. ¿qué te dijo?

--No sabía nada. Según la posición que le pasamos, para él, el lugar no existe --me contestó--. Va a tratar de averiguar algo con el satélite. Dice que otra posibilidad, es que tomamos mal las coordenadas del lugar y que no estamos donde decimos. Todo esto me parece muy raro, para mi que este Hoffi es un inútil –concluyó--.

--Dejalo --le interrumpí--. ¿Qué te dijo Riff?

--Después de hablar con inteligencia la radio, a causa de la interferencia, quedó anulada. Pero en un rato voy a seguir intentando.

--Trata de armar con los muchachos una antena de emergencia --le ordené--.

Pero después de esto me puse a organizar la base a partir de la idea de que íbamos a tener que pasar un tiempo en el lugar.

A partir de ese momento los días comenzaron a discurrir lentamente. Las comunicaciones no se restablecían, carecíamos de ordenes, no sabíamos dónde estábamos y las explicaciones de los lugareños sólo agregaban confusión a la situación. Arik, con Haim de vitajon sade(1), aprovechando sus conocimientos de árabe había comenzado a armar una pequeña red de contactos con gente del lugar. Así se enteró que, si bien la población era pacífica, había un grupo armado que estaba decidido a darnos batalla. De todos modos nos comenzó a ganar la rutina cotidiana de las patrullas, las guardias, las comidas, las horas de sueño. Una repetición hipnótica de horarios y aconteceres que desmontaba lentamente nuestro espíritu guerrero y adormecía nuestros temores.

Yo había tomado por costumbre, una vez por día, sentarme en el bar de la plaza con un par de mis oficiales más jóvenes a tomar un fuerte café árabe, condimentado con hel y, mientras ellos charlaban, miraba la gente pasar dejando a mis pensamientos diluirse con el lugar.

Un día de esos mientras conversaba con los chicos, sin saber bien por qué, di vuelta la cabeza y alcancé a ver una muchacha que pasando frente a mi se alejaba hacia una callejuela lateral. Su porte era erguido y orgulloso, su carita dulce y su cabello largo se agitaba al compás de un andar firme. A último momento, sin previo aviso, dio vuelta el rostro y por un segundo me miró. Quedé viendo sus grandes ojos negros mucho después de saber que había desaparecido en el laberinto de callejuelas y aún hoy, después de tantos años, si cierro los ojos todavía puedo ver los suyos igual que aquel día. Poco después ella me diría que se llamaba Fathia.

-=0=-

Haim nos pidió a Arik y a mi que ordenáramos extremar las medidas de seguridad. Yo mientras lo escuchaba pensaba que, a veces, se parecía a una bruja, viviendo en las sombras, manejando información que los mortales comunes no podíamos saber, siempre temeroso y prediciendo futuros inciertos y oscuros. Cuando terminamos de ponernos de acuerdo en las acciones a seguir ya era pasado el mediodía. Le pedí a Ran que artillara el Jeep y con tres soldados más salimos a recorrer los puestos de guardia.

Ese día Haim había tenido razón. Mientras atravesábamos el caserío sentí un chiflido rabioso, un trueno ensordecedor y un golpe que me arrojó del Jeep como si hubiéramos chocado con un tren en marcha.

–Si escuché la explosión es que estoy vivo –Pensé mientras trataba de levantarme de entre escombros y arena que no sabía de donde habían surgido. Vi que mis compañeros estaban tratando de parapetarse detrás del Jeep volcado con aire perdido. Uno tenía la manga del uniforme manchada de sangre. A los gritos ordené tomar posiciones de combate y le pedí a Ran que avisara a la base desde su equipo. El tiempo seguía como suspendido y el silencio alrededor nuestro sólo estaba roto por un débil quejido que venía de cualquier parte. Me acerque al herido a mirarle el brazo.

--¿Estás bien? --le pregunté--. Por unos segundos me miró ausente y luego lentamente me hizo señas que si con la cabeza y entonces, empuñando mi pistola reglamentaria, me asomé por encima del Jeep. El misil nos había fallado por muy poco, el mayor impacto lo había recibido un negocio cuyo frente deshecho ofrecía una obscena visión de su interior. Me incorporé lentamente y me acerqué a unas maderas amontonadas en la vereda. Cuando las levanté vi el rostro de un chico herido que con los ojos cerrados emitía un suave lamento. Mientras lo levantaba con cuidado comenzaron a llegar algunos camiones con tropa, la que rápidamente se desplegó en la zona. Varios Jeeps tomaron posiciones y nuestras dos ambulancias de campaña se acercaron a nosotros.

--¿Está bien señor? --me preguntó el jovesh cravi(2).

--Si, atendé al chico por favor --le pedí--. Y también a Iosky que está herido en el brazo.

Arik se bajó del Jeep lentamente y mirando todo con interés se acercó a mi y me dijo

--Esta vez estuvo cerca, tuviste suerte. Te esperaban allí --y señaló la terraza de una casa de varios pisos que se veía a la distancia--. Deben haberse escapado saltando de techo en techo –remató--.

Los vecinos del lugar comenzaron tímidamente a asomarse de sus casas para ver el desastre. No había habido más víctimas. Solo el chico y mi soldado. El dueño del negocio había llegado atraído por el estruendo y se mesaba los cabellos quejándose a los gritos de su desgracia.

La radio de Arik se dirigió a el entre chistidos.

--Se escaparon --me informó--. No creo que los podamos agarrar.

Me acerqué a la ambulancia.

--¿Cómo esta el chico? --Le pregunté al paramédico.

--Bien, con cortes y magulladuras, pero bien --me contestó--. Pero lo tiene que ver un médico.

--Vamos al dispensario --dije subiéndome a la ambulancia--. Yo te guío --Le dije al conductor.

Cuando llegamos ya estaban esperándonos. Arik le debió haber pedido a Haim que les avise. El paramédico y una enfermera del lugar, empujando la camilla, se perdieron detrás de una puerta que tenía escrito algo en árabe que no me molesté en tratar de entender. Miré a mis hombres que, afuera, alrededor de los Jeeps fumaban un cigarrillo y conversaban vaya a saber de que. Vi un banco y me senté a esperar.

Cuando la vi venir hacia mi con el paramédico me quedé helado.

--Me llamo Fathia y soy la médica del dispensario --me dijo en un perfecto inglés.

Yo estaba mudo, sentí vergüenza de mi mismo, de mi suciedad y de mi torpeza.

--¿Cómo está el niño --alcancé a preguntar en el mismo idioma.

--Se va a reponer --me contestó--. Avisamos a sus padres y ya vienen para aquí.

--Soy el comandante de este batallón --le aclaré sin necesidad--. ¿Qué puedo hacer para ayudar? –pregunté.

Me miró a los ojos un instante y sin contestarme bajó los ojos.

--Nos emboscaron --seguí diciendo--. El chico estaba cerca de donde cayó la bomba. Lo salvó la columna que había en el frente del negocio.

--¿Usted está bien? --me preguntó.

--Si, la onda expansiva volcó el Jeep y uno de mis soldados se hirió en el brazo.

--Tráigalo para atenderlo --me dijo y dando media vuelta se alejó por donde vino y ya no la volví a ver.

Esa noche di infinitas vueltas en el camastro sin poder dormir. Salí afuera. El cielo estaba claro y tenía esa opulencia que sólo se da donde la tierra es avara. La luces del campamento se balanceaban lentamente. A lo lejos se adivinaba en la brasa de algún cigarrillo al centinela haciendo su interminable ronda. Comencé a caminar lentamente por el camino hacia el desierto hasta que me tragó su negrura.

Cuando volví, ya amanecía, frente a mi un Jeep cargado de equipos y soldados pasó a toda velocidad hacia algún lugar. Me sonreí recordando aquel dicho de nuestros tiempos de instrucción “En el ejercito, aunque no haya nada que hacer hay que hacerlo rápido”. Haim desde el puesto de guardia me miraba curioso. Un nuevo día comenzaba.

-=0=-

Después de esa oportunidad la vi varias veces. Cada vez que alguien se sentía mal o se lastimaba lo cargaba en el Jeep y, con mi chofer Ran o sólo, lo llevaba al pequeño dispensario donde aprovechaba para charlar con ella.

Fathia muy despacio, tímidamente, comenzó a conversar conmigo cada vez más. Al principio sólo contestaba mis preguntas, luego, de a poco, les fue agregando alguna impresión personal. Un día me hizo un comentario sobre su familia, compuesta por su padre y su hermano, a los que me dijo que quería mucho. Hoy, a la distancia, recuerdo con extrañeza que de su madre no habló nunca. Le conté de mis padre, allá lejos, viviendo en ese exótico país de donde vine de tan joven. Me dijo que me comprendía y me hablo de sus estudios en esa tierra tan diferente a la de su aldea, donde no conocía a nadie y nadie la conocía a ella.

Me gustaba verla trabajar. Se veía tan seria, y concentrada sobre su rostro infantil y delicado que me hacía sonreír con ternura.

--¿Qué pasa? --me preguntó un día.

--Me gusta mirarte --le dije.

Se sonrojó y el resto de ese día la sentí retraída y distante.

Mis días transcurrían tranquilos. Organizaba las patrullas, las guardias, los suministros. Asignaba horarios, lugares, personas. Nos reuníamos a discutir con Arik, y Haim de cosas importantísimas de las que ya ni me acuerdo. Pero siempre me hacía un rato para tomar mi café con hel en aquel mismo bar con algunos de mis muchachos.

Un hermosa mañana me decidí a invitar a Fathia a salir. Le pregunte a que hora terminaba de trabajar.

--Te paso a buscar con el Jeep para ir a pasear y a conversar un poco --le propuse.

--No pueden vernos juntos --me contestó poniéndose seria.

--Sería solo un ratito. Podes decir que había un herido en la base y que tuviste que atenderlo. –argumenté--. Después te llevo a tu casa.

Ella se resistió suavemente, pero mi obstinación vehemente fue desarmando cada una de sus objeciones hasta que, no muy convencida, aceptó que la pase a buscar por el dispensario al atardecer.

Ese mismo día mientras almorzábamos, aprovechando que estábamos solos, Arik salió de su reserva para hacerme un comentario.

--Haim no ve bien tu relación con la médica del dispensario –me dijo.

--No me hagas enojar Arik –le contesté.

--Vos ya lo conocés --me insistió--. No te digo nada nuevo.

Arik tenía razón yo lo conocía bien a Haim y luché para que cierto oscuros presagios no comenzaran a nublarme el alma. A la tarde, cuando finalicé el trabajo más urgente decidí dejar el resto para más tarde y, sólo, fui a sentarme un rato al bar.

Mientras esperaba mi café vi pasar lentamente, frente a mi, uno de nuestros carros de combate con tropa en misión rutinaria de patrulla. Me quedé viéndolo hasta que desapareció en una de las calles laterales. Justo en el momento que llegó el mozo con el pedido escuché un tiroteo intenso que a los pocos minutos se fue haciendo cada vez más esporádico hasta acallarse por completo.

La patrulla, pensé mientras sacaba mi arma y corría hacia el lugar de los disparos. Cuando llegué vi a uno de mis hombres tirado al lado del carro, como un muñeco desarmado. Los demás, desparramados por la calle, buscando amparo detrás de cada piedra, cada desnivel de la calle, escudriñaban, nerviosos, los techos de las casas del vecindario. Más lejos, pasando la esquina, dos figuras confusas en el suelo.

--Cuidado señor --me dijo un soldado acercándose a mi--. Hay francotiradores. Nos emboscaron.

Yo no escuchaba nada, con mi arma amartillada en la mano me fui acercando a las figuras que se fueron aclarando y tomando forma paso a paso. Otro soldado se incorporó al primero y oteando inquietos las alturas me acompañaron hasta que llegué hasta la figura de una mujer que, de espaldas a mi sostenía el cuerpo exánime de un muchacho a cuyo lado había un fusil con una mira telescópica.

Pasó una eternidad.

Cuando ella giró la cabeza y me miró con aquellas grandes lagrimas surcando sus mejillas, sentí como si una joya de cristal irrecuperable se estuviera rompiendo en mil pedazos sobre un piso de mármol.

--Señor hay que retirarse --me dijo uno de los soldados y agarrándome del uniforme de cualquier manera comenzó a arrastrarme lejos de allí.

Arik llegó en su Jeep

--Subí –-me ordenó--. Viajamos en silencio hasta que llegamos a la base,

--Era su hermano Halim --me dijo cuando me bajé--. Hace un rato volví a hablar con Haim y por lo que entendí ya sabía sobre el.

No le contesté nada, di media vuelta y lentamente entre al campamento.

-=0=-

Antes de que Arik me despertara ya sabía que en el horizonte de ese amanecer la artillería había recomenzado su retumbo.

--Se restablecieron las comunicaciones --me dijo sacudiéndome--. Riff tiene instrucciones para vos.

Me levanté de la mesa donde me había quedado dormido y me acerqué a la radio. Dos columnas avanzaban hacia el oeste a quince kilómetros al norte de donde estábamos. Había que tomar posiciones rápido.

En dos horas estábamos preparados para partir. Ran me esperaba con el Jeep en marcha a la cabeza del convoy. Me senté a su lado y di la orden. Cuando miré para atrás vi la aldea esfumarse lentamente en medio de la nube de arena que levantaban las orugas de los nagmashim(3) y los neumáticos de los camiones.

-=0=-

1.- Seguridad de campo, inteligencia
2.- Paramédico de combate
3.- Vehículo blindado

domingo, 25 de mayo de 2008

El amante

Me desperté. Tenía el cuerpo agarrotado y por centésima vez me reacomodé en el asiento del auto. A mi lado Arik, en la misma posición que tenía cuando me dormí, miraba fijamente el callejón delante nuestro. A mitad de cuadra una única lámpara se bamboleaba al ritmo del viento iluminando alternativamente los frentes de la casas de una y otra acera. En mi regazo una cámara réflex profesional con teleobjetivo. En algunos de mis bolsillos el pasaporte de algún país sudamericano del que –gracias a Dios- olvidé su nombre. En mi billetera una credencial de reportero de una importante cadena de noticias internacional y un poco de dinero local.

--¿Novedades? –pregunté.

Negó con la cabeza. Busqué el termo de café.

--¿Querés una taza?

--Está frío –contestó lacónico.

A mí no me importaba. Tomé dos.

A lo lejos, contra el cielo negro, una humareda blanca tapaba la luna.

--Otra vez bombardeos.

No me contestó.

Así era Arik. Leal, grande, tosco y de pocas palabras.

Hacía cinco días que habíamos desembarcado en una solitaria playa al sur de Beirut en una de esas típicas lanchas rápidas de goma que utilizan las unidades de comando de “jel haiam”. Cuando llegamos, Arik, a pesar de su tamaño, trepó ágilmente las dunas para alcanzar la ruta donde nos estaban esperando.

Las ordenes que había recibido en Jerusalén eran precisas: había que fotografiar a la persona que habitaba tras una puerta verde, en una callejuela del barrio armenio de Bourj Hammoud. Por qué o para qué no lo sabía y –ahora que lo pienso- creo que en el fondo tampoco me interesaba.

--Allí viene Dan para el cambio de guardia –dijo Arik.

Arik abrió lentamente la puerta y se fue caminando por el empedrado con las manos en los bolsillos y el termo vacío bajo el brazo.

Dan entró al coche. Era nervioso, delgado, moreno y de cejas anchas. Hasta esta oportunidad nunca habíamos trabajado juntos.

Me sirvió un vaso del café fuerte y dulce que traía en su bolso y me alcanzó un sándwich.

--¿Todo bien? –preguntó.

--Si --contesté.

Comimos en silencio. Lo único que me faltaba para completar la fiesta era un cigarrillo. Aunque sabía que no era conveniente, lo prendí inclinado entre mis piernas, con el encendedor del coche, para que no se viera desde afuera la luz de la brasa.

--¿Sos casado? –preguntó Dan.

Lo miré unos segundos a través del humo que salía de entre mis dedos. Aunque habíamos hablado en un par de oportunidades, lo personal de la pregunta me sorprendió. Me quede pensando que tal vez el muchacho necesitaba contar algo.

--Si –contesté.

--¿Tenés hijos?

--Dos, una de 12 años y otro de 10. ¿y vos?

--Estoy de novio –contestó mirando para otro lado –o estaba. No se.

Abrí una rendija de la ventanilla para que entre un poco de aire. A lo lejos sonaban las sirenas. En nuestra cuadra una señora mayor caminaba dificultosamente por la acera del lado de nuestro apostadero.

--Ella es casada –me dijo.

--Bueno –contesté –no creo que sea ni el primer caso ni el último.

--El marido conocía nuestra relación y en ese momento yo no sabía bien que hacer.

--¿Tenías miedo de lo que pudiera hacer?

--No se trata de eso, es mucho más complejo. Ella es la secretaria de mi estudio.

Recordé vagamente que me había contado que en Tel-Aviv dirigía una oficina que se ocupaba no se de que cosa.

--Nosotros hace tres años comenzamos una relación y de alguna manera el marido se enteró pero no dijo nada. Lo toleraba y hacía como que no pasaba nada. Inclusive en una oportunidad nos fuimos de vacaciones a Chipre un par de meses, prácticamente con el permiso de él.

La lámpara del callejón seguía balanceándose y la puerta verde seguía cerrado. La mujer había pasado lentamente a nuestro lado sin dirigirnos ni una mirada.

--Yo la quiero. Los meses que pasamos juntos fueron como un sueño. Yo venía de un mal matrimonio que terminó aún peor. No podía creer que pudiera llegar a ser tan feliz con una mujer.

Le ofrecí café. No quiso. Estaba como ausente. Me pregunté con quién realmente estaba hablando. Me serví una taza. Todavía estaba caliente.

--Nadamos en la piscina del hotel. Jugamos en la playa. Ella es bajita, morena, cálida. Me abrazaba y me besaba cada segundo.

Se quedó en silencio.

Afuera, el hombre de la puerta verde no aparecía. Todo me parecía muy extraño. No sólo él no salía sino que tampoco nadie hacia las compras del día, le entregaba un diario o sacaba la basura.

--Tenía la cabellera negro azabache y era larga hasta la cintura –me miro sonriendo y casi animado –era hermosa.

--¿Que pasó al final?

--Cuando volvimos ella se fue a la casa de su marido y yo a mi departamento. Estaba vacío. Nadie reía, nadie hacía travesuras para que le prestara atención. Las plantas estaba marchitas. Algunas ya secas por la falta de agua.

--Al día siguiente fui, como todas las mañanas a la oficina. Ella llegó unos minutos tarde. A mi me parecieron siglos. Es más, no creí que volviera. Se comportó como si no hubiera pasado nada. Atendió el teléfono, contestó la correspondencia, puso en orden la papelería. Todo el tiempo estuvo alegre, dicharachera. A mi la angustia me mataba, quería saber que pasaba, que pensaba hacer, como seguiría lo nuestro.

--El personal no sospechaba nada. O tal vez hizo como que no se daba cuenta. ¿Quién lo puede saber?

Cien metros más allá de la puerta verde la luz de una linterna se prendió y apago tres veces. “Es Arik”, pensé. Prendí mi radio.

Un desagradable chistido anticipo sus palabras.

--Mamá confirmó el lugar del cumpleaños.

Otros chistido, esta vez más corto y el aparato quedo mudo. Lo apagué. “Inteligencia confirma que el hombre está adentro”, traduje para mi. Tal vez detectaron que usó su celular o tenían su línea de teléfono intervenida. Había que seguir esperando.

Dan miraba a nuestro alrededor mecánicamente. Por un segundo pensé que había sido un error elegirlo como compañero pero sin embargo su historia había despertado en mi cierta curiosidad.

--¿Cómo terminó la cosa? –insistí.

--Por fin pude hablar con ella a solas –me dijo. Sus dedos delgados jugaban distraídos con el papel de mi atado de cigarrillos.

--Me dijo que me quería, que conmigo había conocido el verdadero amor pero que tenía que seguir viviendo con el.

--Así pasaron varias semanas. Sólo nos veíamos en el trabajo. Cada vez que le reclamaba un encuentro lo eludía con elegancia y simpatía poniendo excusas tontas. Hasta que por fin tomé una determinación.

La puerta verde se abrió lentamente. Levanté mi cámara y con el teleobjetivo la enfoque. En el centro de la imagen apareció el rostro de una mujer joven y elegante. Decidida cerró la puerta con llave y presurosamente se alejó por una calle lateral. El lugar volvió a su aburrida soledad. Algo en mis entrañas me decía que el desenlace no estaba lejos.

Dan dejó pasar unos minutos y me preguntó.

--¿Sabés lo que hice?

--No. Ni idea.

--Un día cuando estábamos en el trabajo le dije que tenía una reunión y me fui a ver a su marido.

Ahora si consiguió despertar mi interés.

--Era una hermosa casa con jardín en Hertzlia. El era ingeniero y se dedicaba a adaptar autos para discapacitados. Un hombre verdaderamente inteligente que supo también hacer mucha plata. Vos sabes que allí no vive cualquiera. En la puerta estaba estacionado el auto importado que solíamos usar cuando ella se lo pedía.

--Tengo que confesar que tuve miedo. Es más, me llevó varios minutos decidirme hasta que al final toqué el timbre. Casi inmediatamente me atendió un hombre de rostro agradable cuya edad rondaría entre los 60 y 70 años. Fue tan rápido en abrir la puerta que pensé que me debía haber estado espiando por alguna de las ventanas del frente.

--Me invitó a pasar. La casa era suntuosa, más aún para Israel. Me ofreció un sillón en la sala para que me sentara y me preguntó si quería beber algo. Yo estaba de servicio y tenía que volver a la oficina así que me negué.

--¿Que puedo hacer por vos? –preguntó

--¿Ud sabe quién soy?

--Por supuesto. El jefe de mi mujer.

--Nosotros tenemos hace unos años un romance –le dije de sopetón.

--Ya sabía –me sonrió.

Abrí levemente la ventanilla para tirar mi décima colilla. Las sirenas de la calle se había apagado. El humo que había asomado casi toda la noche detrás de las colina se había convertido de blanco en negro espeso. “Ya deben haber apagado el fuego”, pensé. La maldita puerta verde seguía cerrada.

--Me sentí sorprendido –me dijo Dan que no interrumpió su relato. Hablaba lentamente, casi sin emoción.

--¿Y que piensa hacer? –le pregunté

--Nada, por supuesto.

--Pero yo la quiero para mi –le dije.

--Yo también –me contestó.

--La tiene que dejar ir. Si la quiere piense en su felicidad.

--Sos un hombre ingenuo Dan –se rió el hombre –Te aseguro que me gustas mucho pero no puedo negar que sos muy ingenuo. Espero no lo tomes a mal.

--Quedé descolocado y avergonzado. Me levanté para irme y me acompañó a la puerta.

--Cuando quieras volver mi casa es tu casa –me invitó con una sonrisa.

--Me subí a mi coche y volví a la oficina.

Dan quedó en silencio. Amanecía. A nuestro lado paso un taxi que se detuvo frente a la puerta verde. Preparé el equipo. La puerta verde se abrió. Un hombre rechoncho, bajito y algo pelado asomó la cabeza. Miró desconfiado a ambos lados de la acera. Ese fue su error. Las tres primeras fotos de frente salieron perfectas, la cuarta y quinta de perfil algo movidas y en la sexta solo se veía su espalda entrando al coche.

Prendí el motor y nos alejamos velozmente. Arik y un hombre que no conocía ya estaban esperándonos en el hotel.

--La lancha nos espera en veinte minutos –aviso el desconocido que se sentó al volante –se quedara en la playa sólo cuatro.

El tiempo era justo. Viajamos en silencio. Nadie me preguntó si había conseguido sacar las fotos. Dan, con la cabeza baja, seguía jugando con su arrugado pedazo de papel.

Para subir a la lancha tuvimos que meternos en el mar hasta la cintura.

En pocos minutos llegamos al “Davur” que nos llevaría a casa.

Sentí sobre nuestras cabezas, entre las nubes, un sordo y sostenido trueno. Segundos después a lo lejos comenzó el retumbar de las bombas al caer.

Nadie dijo nada.

Dan, todavía con los pantalones mojados, estaba acodado sobre la barandilla.

--¿Que pasó con la chica? –pregunté

--No la vi más. Pidió el pase a otra dependencia y hace ya meses que no se nada de ella.

Abrí un nuevo atado de cigarrillos y prometiéndome por milésima vez que dejaría de fumar, prendí uno.